Mostrando entradas con la etiqueta poesía canaria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta poesía canaria. Mostrar todas las entradas

miércoles, 1 de febrero de 2017

Se acabaron las palabras

De noche en la oficina (1940) de Edward Hopper

Hace unos años, el poeta canario Juan Carlos de Sancho me compartió una anécdota que le sucedió en México a raíz de la presentación de su magnífico y entrañable libro Poetas de Islas Canarias, del cual él mismo se ocupó de la selección y el prólogo. Dicha anécdota tuvo lugar cuando se leyó el poema “Viviendo” de  Domingo Rivero, considerado el precursor del movimiento modernista en las Islas Canarias y que justo es el que abre el libro. Los 4 primeros versos del poema dicen:

Mi oficina da al mar. Desde la silla
donde hace treinta años que trabajo,
las olas siento en la cercana orilla
de las ventanas resonar debajo.

Al terminar la lectura del poema, uno de los asistentes comentó la extrañeza y a su vez la valentía que le provocaba escuchar en un poema modernista la palabra “oficina”, ya que, en el contexto en el que fue escrita, la sensibilidad estética respondía a otro tipo de imaginarios. Incluso el asistente comentó que en México es impensable encontrar un poema modernista en donde pueda hallarse ese tipo de palabras.

La anécdota, que al parecer es sencilla y sin trascendencia, se me quedó dentro y me hizo reflexionar sobre la libertad que en nuestros días gozan los poetas para poder abrazar el lenguaje sin ningún tipo de manifiesto, restricción o estética dirigida. Al parecer, o esa es la sensación que me llega, las palabras se han acabado debido a que se han vuelto todas posibles para la poesía. Quizá sea ese el destino del lenguaje en relación con la escritura: cristalizarse en su máximo punto de llegada para mimetizarse en un nuevo punto de partida, absorberse en su propio fuego para resurgir de sus cenizas. La transgresión que en su momento suponía utilizar esta o aquella palabra, se ha vuelto un hecho habitual y ahora el peso de esa transgresión radica en el propio imaginario y en la relación mistérica que el poeta establezca de forma singular con su propio quehacer poético.

Este hecho es un arma de doble filo, ya que cada poeta, al tener total libertad de elegir las palabras  para la elaboración de un poema, también tiene la responsabilidad de convertir esas palabras en poesía; es decir, hacer que en sí mismas o en su conjunto nos parezcan recién nacidas, nos invoquen y nos golpeen con ese soplo alquímico que nos hipnotiza en la lectura.

Hace más de 2030 años el poeta latino Horacio proponía crear giros poéticos nuevos a partir de términos conocidos, incluso llegó a escribir: “Lograrás un verso excepcional si una palabra usada se convierte en una nueva por una ingeniosa combinación”. Hoy, que todas las palabras están por demás usadas y desgastadas, esa excepcionalidad se vuelve imprescindible a la hora de componer una imagen, un verso, un sonido, una experimentación del lenguaje.

Se acabaron las palabras… y sólo nos queda devolverles el asombro con que en su momento fueron por primera vez pronunciadas.

***



martes, 23 de febrero de 2016

"El paraíso terrenal" de Juan Carlos de Sancho

(Juan Carlos de Sancho, El paraíso terrenal, Editorial Velarde, México, 2014)


Las 33 composiciones que integran El paraíso terrenal del poeta Juan Carlos de Sancho pueden apreciarse como pequeñas escalas de un viaje en donde la palabra bautiza las impresiones de una mirada que observa las entrañas de un nuevo lugar. En todas ellas, una voz meditativa nos convida fragmentos que rozan no sólo lo experiencial sino lo evocador. Si bien se ha dicho que uno de los temas fundacionales de la poesía moderna es precisamente el del individuo enfrentándose a la ciudad, ese enfrentamiento se traduce en fascinación cuando quien lo experimenta es un yo poético con una membrana capaz de descifrar y cantar los signos de una cultura sentida como propia.

La poesía de Juan Carlos de Sancho puede compararse con una pleamar, es decir, su palabra mece y descubre tanto el oleaje de la superficie como el de las corrientes abisales. Palabra que siembra visiones del Zócalo mexicano, del puerto de Mazatlán o de Manhattan, pero que también se funde con la ensoñación de lo paisajístico y sus enigmas enterrados.

La confluencia de tiempos y espacios hace que de pronto surjan compañeros de viaje: desde Catulo y Matsuo Basho, hasta Lowry, Bartebly, Pessoa, Raymond Carver, Truman Capote, Sergio Pitol u Octavio Paz. Tinta en tránsito que teje una nueva realidad que trastoca el pensamiento reconfigurándolo en experiencia literaria.

Su estilo es variado y metamórfico; por momentos roza la paradoja de la tradición zen mediante textos parecidos a los koans, y por otros alcanza las raíces de lo maravilloso cotidiano y del surrealismo trascendental.

Este paraíso terrenal no sólo nos convida de una sabia y fresca reinvención de los  cuadernos de viaje, sino que penetra en nosotros con tal agudeza y encantamiento que acaba por convertirnos en el viajero en cuestión. Una odisea que se adentra en el misticismo del pasado precolombino y en los secretos que guardan ciertas especies de fauna.

Este camino de signos trazado por Juan Carlos de Sancho nos recuerda que, gracias a la poesía, todos somos huellas de viajes ajenos.



***


martes, 17 de noviembre de 2015

Daniel Bernal Suárez: "Escolio con fuselaje estival" o el signo constelar




Mi primer contacto con la escritura de Daniel Bernal Suárez fue su poemario titulado Escolio con fuselaje estival. Desde un comienzo, el título me hipnotizó como si se tratara de un código críptico, y ese misterio se acentuó justo cuando inicié la lectura.  
 
Un escolio suele referirse a una anotación o comentario al margen acerca de un texto; en ese sentido, pareciera que los poemas del libro fueran los testigos presenciales del texto que transcurre en el mundo, calcografías de lo que el poeta anota o comenta sobre las formas y ritmos que acontecen en el universo. Bajo este aspecto, podríamos enraizar el poemario con la tradición simbolista francesa que concebía al universo como un texto y al texto como un universo; dicho con más precisión, Daniel Bernal recoge con singularidad una de las pautas más sugerentes de la poesía moderna: la de la teoría de las correspondencias, el diálogo entre los diversos órdenes que pueblan nuestra realidad.

Escolio con fuselaje estival está estructurado en 4 partes: Pleura equinoccial, Anagrama mnemotécnico de un cuerpo perdido, Escolio con fuselaje estival y un Apéndice. En las tres primeras partes, en lo que se refiere a la forma, asistimos a una constelación de signos que se despliegan y se contraen, que se mueven en el espacio de la página dando la sensación de cambios de gravedad en la lectura y en la sintonía que se desprende de la distribución de los versos. Por momentos parece una partitura musical, un registro rítmico de la voz y el universo.

Los temas del tiempo, el pensamiento, la disgregación de la conciencia, la aprehensión del mundo, la muerte, el erotismo, se van sucediendo a modo de disolvencias articuladas. La presencia del agua como fuerza cósmica creadora tiene un papel determinante. Constantemente aparecen pinceladas que nos revelan un intercambio de anatomías entre lo atmosférico y lo humano: “el arcano himen del océano”, “el oleaje de las venas”, “el cuerpo que deseas gotea un centelleo”, “presiona el mar el prepucio de los tallos”, “dulcificados esfínteres sobre la tinta astral”, “el insomnio y su germinación basáltica”, “el tallo ocular de los racimos”, “un vegetal me veo, un vegetal me siento”… Hasta que los límites desaparecen y surgen pasajes tan reveladores como los dos siguientes:

Veo nadar mis células en un agua tenue: habré de ser el mucílago impenetrable de un eclipse. Veo mis branquias arder en lavas recientes. Sobre la hoja la célula aislada de un cultivo: aguas resonantes combaten su membrana. (ante el asedio me enquisto en un cráter larvario)


***

mi rostro putrefacto de amatistas
refleja el instante fisiológico
la noche el caracol el mediodía
reverdece la luz magnética: me atenúa
y se desdobla en paraguas el pensamiento

Igualmente, es reconocible la fusión entre el microcosmos y el macrocosmos y la constante referencia a pequeños agentes minerales u orgánicos, hecho que nos hace pensar en los gérmenes de Jules Supervielle. Esta característica quizá se deba al interés que el poeta tiene por las Ciencias Biológicas, estudios a los que se ha encaminado. Esto explicaría a su vez la original y lograda combinación de campos semánticos que encierran muchas de las imágenes del libro. Daniel incorpora al lenguaje poético las nomenclaturas biológicas y científicas liberándolas de sus conceptos y dándoles una nueva vida a través del lenguaje. Esta es sin duda una de las labores principales de la poesía: reavivar las palabras mediante ellas mismas. 

No debiéramos pasar por alto la inclusión del mar como elemento paisajístico o metafórico. Dentro del imaginario de la poesía canaria, el mar se libera de su geografía material para habitar las páginas de una tradición insular que ha sabido oler la brisa universal de otros parajes, hecho que sin duda puede apreciarse en la espuma de este poemario.

Finalmente, el libro se cierra con un Apéndice donde los puentes entre ciencia y poesía se hacen de nuevo notar. En él, Daniel nos ofrece un bosquejo de referencias que constituyen, en mayor o menor medida, un marco contextual de su poética. La labor crítica del poeta frente a su obra, rasgo hereditario desde T.S. Eliot y Baudelaire hasta nuestros días, es el duelo en que toda creación se debate consigo misma hasta alcanzar su más agudo grado de expresión para el que fue concebida. Daniel Bernal hace de su voz esa óptica meticulosa bajo la cual los versos transitan como microorganismos precisos en una Caja de Petri. Esos microorganismos de pronto adquieren proporciones gigantescas y nos convidan la disección del signo entre lo cognitivo y lo metafísico. Poesía de disección y de liberación: el signo constelar que surge de lo imperceptible.


***