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martes, 25 de junio de 2019

"Misión secreta" de Blanca Morel: un paisaje destilado


En Misión secreta Blanca Morel nos entrega veinticinco relatos, veinticinco dígitos que nos invitan a pulsar múltiples secuencias hasta dar con el fruto encendido. En ese juego combinatorio accedemos a un universo regido por leyes físicas y espirituales aún no escritas y que se trenzan para ofrecernos el conjuro de la cotidianeidad y la inesperada gesta del milagro. En definitiva, una búsqueda de los puntos intersticiales que nos conectan con otros planos de la realidad.
Lo primero que resplandece al acceder a este paisaje destilado es la polivalencia de las voces narrativas. De acuerdo don Carlos Reis, si el autor corresponde a una entidad real y empírica –en este caso, la propia Blanca– el narrador se entiende como un autor textual que, en ocasiones –según Todorov– encarna una imagen fugitiva que no se deja aprehender y que reviste constantemente máscaras. De esta forma, Misión secreta está poblado por múltiples antifaces que sorprenden por sus enfoques, sus perspectivas y sus focalizaciones. Desde la utilización de la primera y segunda persona del singular hasta la confección de la omnipresencia, el registro verbal que palpita en el libro seduce por su amplio repertorio. En esa pluralidad hay algo que une a todas esas voces: la huella de donde proceden. Para Walter Benjamin, “la huella del narrador queda adherida a la narración como en el vaso de arcilla queda la huella de la mano del alfarero”. Morel, mediante su artesanía, logra una huella de equilibrio que mantiene en constante tensión el ritmo respiratorio de la obra.
Los personajes de cada uno de los relatos resaltan por su permeabilidad. Los contornos de su existencia se desdibujan dando paso al desdoblamiento de la conciencia o a la alteridad de realidades paralelas. En todos ellos la espesura psicológica juega un papel determinante para el desenvolvimiento de sus destinos. Por ejemplo: “Yo cada vez más confuso por el personaje secundario de mi cabeza que cuestionaba que estuviera pasando algo más allá de mi imaginación”, “Hay demasiadas analogías, demasiado lenguaje. Dan miedo las palabras”. De igual forma, los protagonistas se debaten entre el mundo cotidiano que los rodea y la búsqueda de la epifanía que les brinde un vínculo con lo sagrado: “El presente existe en plenitud cuando lo hallamos. A veces conseguimos habitar el presente”.
De pronto, en esas combinaciones, descubrimos el nombre de algunos personajes: Vida, Davi, Gabriel, entre otros… Conforme avanzamos en la lectura, un desconcierto y microclima de suspense se van adueñando de las páginas. Como si de un eco premonitorio se tratara, vamos descubriendo que, aunque cada relato se presume independiente, en realidad tejen un paisaje subterráneo que el lector tiene que descubrir por su propia experiencia. Entonces, el título Misión secreta cobra un nuevo sentido: el lector se convierte en un personaje más de la trama y debe intentar descifrar las conexiones subyacentes en ese cosmos fragmentado. Los personajes crean pasadizos, hacen un ejercicio de espeleología para colarse en diversos relatos y convertir el libro en una retícula de analogías y correspondencias. No nos extrañe, pues, ver que algunos protagonistas son presencias intermitentes que van apareciendo y reapareciendo a lo largo de esos veinticinco dígitos existenciales.
Las escenas y las tramas que operan en Misión secreta seducen por su flotabilidad. Todas ellas conforman un paisaje en suspensión creando atmósferas del entredicho. El existencialismo, el esoterismo, los juegos metaliterarios, los niveles suprasensoriales, lo onírico tejen vínculos con el universo borgiano y las fulguraciones de Silvina Ocampo o Clarice Lispector.
Un crucifijo que se anima y desciende, una persona ajena a la cucaracha que le recorre el cuerpo, las líneas de las manos que decrecen, un hombre en un bar que cree haber hallado la correspondencia del universo, una niña que mantiene amistad con un árbol, una plataforma en la que se juega a un juego que no consiste en nada… Todo confabula para internarnos en una revelación conjunta y volvernos partícipes de su misterioso aliento.
Al llegar al punto final de la obra, el lector sentirá crecerle una raíz por dentro, una interrogante más en esta búsqueda de contraseñas. Misión secreta se construye así como una red que ensaya nuevos modos de epistemología, nuevas formas de acceder a un pasadizo que nos conecte con verdades aún por descubrir. En este paisaje destilado Blanca Morel, en boca de uno de sus personajes, nos demuestra que “las palabras no explican la realidad pero pueden conjurarla”.



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Texto leído en la presentación del libro el miércoles 19 de junio de 2019 en Café Ajenjo (Madrid)


viernes, 7 de abril de 2017

El sol aún late de espaldas


(Recreación de la antigua Tenochtitlan)


El pasado jueves 6 de abril el presidente de la televisión pública española, José Antonio Sánchez, dictó una conferencia de aproximadamente una hora en la sede de “Casa de América” en Madrid. Dicha conferencia titulada “El compromiso de RTVE con América” se vio teñida de polémica debido a diversas opiniones y citas de dudosa procedencia en las que se afirmaba por ejemplo que “Lamentar la desaparición del imperio azteca es como mostrar pesar por la derrota de los nazis en la Segunda Guerra Mundial”. Según José Antonio Sánchez, la cita pertenece a la historiadora australiana Inga Clendinnen (fallecida en 2016), pero uno de sus amigos, Barry Car, así como el historiador mexicano Enrique Flores Cano, desmintieron tales palabras afirmando, ante la publicación “El País”, que Inga nunca haría juicios de ese tipo porque dedicó su vida a entender las sociedades mesoamericanas.

Como era de esperar, las opiniones emitidas por José Antonio Sánchez, en las que además se ensalza la figura de una España imperial civilizadora y evangelizadora, pronto generaron diversas reacciones en ambos lados del Atlántico hasta tal punto que diversos historiadores mexicanos dieron sus puntos de vista desaprobando las desafortunadas declaraciones del presidente de RTVE.

Considero que aún reina un profundo desconocimiento en ciertos sectores sobre lo que fue el Imperio Azteca y sus complejas imbricaciones en el ámbito político, religioso, artístico y social. En este pequeño texto quisiera dar unos breves matices que nos permitan una mayor comprensión y un diálogo sostenido con el llamado “pueblo del sol” para digerir mejor ese tumor histórico aún por desentrañar: la conquista.

Para no extenderme mucho, me limitaré a exponer de forma genérica mi opinión sobre los 3 puntos más polémicos que se generaron en dicha conferencia, dejando claro que estas reflexiones simplemente desean aportar un espectro más en la comprensión de ese sol que en algunos sitios aún late de espaldas: el sol de la cultura azteca.


1)      La comparación entre nazis y aztecas

Es lamentable esta terrible comparación, primero porque responden a momentos en los que la  línea temporal plantea un “décalage” de casi 500 años, y segundo porque nada tiene que ver el exterminio llevado a cabo por los nazis en base a terribles dogmas de supremacía racial con la llamada “guerra florida” que prácticamente se institucionalizó en el imperio azteca respondiendo a órdenes cosmogónicos.

Para los antiguos pueblos mesoamericanos existía el mito de las edades o soles cosmogónicos. Según dicho mito, habían existido 4 edades anteriores a la nuestra: la de la tierra, la del agua, la del aire y la del fuego. Dichas edades habían concluido de manera catastrófica, para lo cual los dioses decidieron sacrificarse a sí mismos y con su sangre crear la era actual, la llamada era del quinto sol o del sol en movimiento (Nahui ollin). Si los dioses habían ofrecido su sangre para crear nuestra era actual, los aztecas (que el nombre correcto es mexicas) creían que la única forma de mantener con vida ese quinto sol, o al menos postergar su cataclismo, era mediante la misma operación con la que se había originado: la del sacrificio y el ofrecimiento de la sangre como alimento al universo. De acuerdo al historiador mexicano Miguel León Portilla “Si cuando fueron restaurados el sol y la luna en la quinta edad, pudieron moverse y dar principio a sus ciclos gracias al sacrificio sangriento que de sí mismos habían realizado los dioses, la misión de los seres humanos en la tierra era hacerles compensación con la energía vital de que es portador el líquido precioso que es la sangre” (15 poetas del mundo náhuatl).
Esta cosmovisión provocó el desarrollo de la llamada “guerra florida” que consistía en conquistar territorios, dominar a los pueblos vecinos y conseguir hombres para la realización de dichos sacrificios compensatorios. A este respecto, Octavio Paz menciona que “La misma religión azteca nos ofrece una desconcertante interpretación del sacrificio: los dioses no son todopoderosos, puesto que necesitan de la sangre humana para asegurar el mantenimiento del orden cósmico” (El arco y la lira).

Con lo anteriormente expuesto, podemos hacernos una vaga idea de la enorme diferencia entre unos y otros, entre nazis y aztecas: mientras a los  primeros les movía el odio, el exterminio y la supremacía, a los segundos los movía el universo y la continuidad del orden cósmico.


2)      La España civilizadora

En sus Cartas de relación Hernán Cortés muestra, entre miles de matices, su admiración por la riqueza arquitectónica de las ciudades precolombinas con especial atención a la antigua Tenochtitlan (actual ciudad de México) edificada sobre el lago de Texcoco. La disposición de canales por donde realizaban el comercio a través de pequeñas embarcaciones (chinampas) hasta la majestuosidad logística con que se erigían los complejos arquitectónicos fascinaron sin duda alguna a los conquistadores españoles.

Los pueblos nahuas tenían 3 tipos de escritura: la pictográfica, la ideográfica y la fonética. En lo que respecta a sus creaciones literarias se valían de los llamados libros pictoglíficos en los que figuraban diversas pinturas que escondían en su pigmentación poemas. Los cantores y compositores de poesía eran educados en escuelas (los calmecac) en donde se les enseñaba a cantar las pinturas mediante tambores y otros instrumentos como flautas. En dichas escuelas se formaban igualmente a sacerdotes y guerreros. La poesía náhuatl cultivó diversos géneros como el épico, el lírico y el religioso. Su máximo exponente fue Nezahualcóyotl, el rey poeta, que en su reinado de 40 años edificó palacios, jardines botánicos, calzadas, templos y zoológicos. De igual forma, Nezahualcóyotl adquirió la categoría de tlamatini, el sabio de las cosas divinas, el que medita sobre los enigmas de la vida.

Poseían de igual forma dos tipos de calendario: el Xiuhpohualli de 365 días y el Tonalpohualli de 260 días, que regían sus ciclos agrícolas. Las esculturas de sus dioses y su piedra solar revelan el carácter misterioso, perturbador y exquisito de sus expresiones espirituales y artísticas.

Con todo ello, parece que los conquistadores españoles más allá de civilizar a los aztecas y demás pueblos mesoamericanos, se encontraron con una civilización muy avanzada y rica en conocimientos y arte. En este punto, cabe señalar la labor de algunos frailes etnógrafos como Fray Bernardino de Sahagún o Andrés de Olmos, por citar a algunos, quienes recogieron y preservaron diversas tradiciones milenarias que dan cuenta del avance cultural y el peculiar acontecer del pueblo azteca.


3)      La España evangelizadora

En el año 380 dc el emperador Teodosio declaró al cristianismo como religión oficial del Imperio Romano. Desde esa fecha, su escalada en Europa fue propagándose con periodos de luz y de oscuridad. Hay que tener en cuenta que mientras que en Europa la figura de Cristo era universal, en América era un perfecto desconocido. Durante aproximadamente 1500 años, los pueblos prehispánicos ignoraban la existencia del cristianismo por razones más que obvias y desarrollaron una religión politeísta que los mantenía en armonía con la naturaleza y los ciclos astronómicos. Su dios principal, Quetzalcóatl, era considerado un héroe cultural con raíces ancestrales del mito agrícola de la fertilidad y que había otorgado al mundo su orden y equilibrio. Aunado a este dios, las figuras de Coatlicue, Huitzilopochtli o Tláloc tenían igualmente un peso relacionado directamente con el día a día.

La evangelización fue una forma no de revelación sino de conquista espiritual. Dicha conquista se llevó a cabo por diversos medios como el adoctrinamiento “forzado” por las órdenes franciscanas y dominicas y por el llamado “Teatro de evangelización”. Pronto los españoles hicieron un trasvase efectivo de los dioses aztecas a los cristianos, dando por resultado una suerte de sincretismo.

La evangelización no respondió a órdenes de salvación y compasión por los pueblos indígenas, que dicho sea de paso no necesitaban, sino a un control furtivo de la Corona Imperial de Carlos V frente a su colonialismo.


A manera de conclusión y reflexión final

El carácter bélico de los pueblos ha sido una constante humana desde los inicios del Neolítico. Pocas sociedades como los inuit han sabido llevar una vida pacífica y sin pretensiones de expansión territorial y dominación. Por desgracia, el encuentro entre las civilizaciones indígena y española, se suma a este carácter bélico que tuvo por resultado una confrontación de saqueo y, si no de total de exterminio, sí de un sangriento y terrible sometimiento. Basta recordar a Pedro de Alvarado y su matanza en la fiesta religiosa del Tóxcatl, basta recordar que a Cuauhtémoc le quemaron los pies para sacarle información del oro escondido, basta recordar el episodio de la Noche Triste con el llanto de Hernán Cortés.

Sin embargo, a pesar de las calamidades, considero que debemos abrir nuestro espectro de reflexión e intentar comprender ambos lados de la historia. Creo que en el intercambio de riquezas gastronómicas, culturales, cosmológicas  y demás matices estamos nosotros. Quiero creer que entre tanta incomprensión y miedo de aquellos días, al menos hubo momentos de serenidad, sensibilidad y reconocimiento. Esos momentos, que quizá fueron anónimos y que puede que lleguemos a vislumbrar en algunas obras de cronistas y frailes, son los que han sostenido nuestra Historia.

En vez de tener visiones colonialistas, rencorosas, totalitarias y descalificatorias, debemos ver en qué fase del espectro brillamos para poder guardarnos en dos cualidades humanas que espero nos sigan avivando: la fraternidad y el mutuo asombro.

Aprendamos de nuestros brillos y giremos para que el sol ya no lata de espaldas.


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