martes, 3 de septiembre de 2019

Hilos ígneos: una aproximación a Lumbres de Gema Palacios





En primavera de 2019 –bajo el sello editorial Polibea– salió a la luz Lumbres, el nuevo poemario de Gema Palacios. Galardonado con el Premio Javier Lostalé de Poesía Joven en su cuarta edición, el libro confirma lo que ya anteriormente se venía anunciando en algunas obras anteriores, como Treinta y seis mujeres (2016) o Compañeros del crimen (2014), que para la autora el acto poético es ante todo un discernimiento de la palabra como ente orgánico, tal y como ella misma nos lo evidencia: “El lenguaje es un ser vivo que tiembla”.
Lumbres configura su estructura mediante tres destellos: «Madriguera», «Invernadero» y «Nido». A todos ellos los une la confrontación entre el adentro y la intemperie, frontera delicada desde donde “deletrear despacio/ el frágil contorno de la vida”. Es esta amalgama entre cuerpo y lenguaje, entre piel y escritura, lo que le otorga a cada poema un carácter simbiótico entre dos realidades complementarias: la del ser y lo que nombra. Tal vez por eso el título, a medida en que avanzamos la lectura, nos da esa doble pauta: la lumbre, además de sí misma, es aquello que alumbra.
Bajo esta concepción de la voz como membrana sensorial, los poemas de Lumbres surgen como ondulaciones que emulan el crepitar de la llama. Su elevación, su perfil contenido y sus cortes de verso desembocan en una musicalidad propia de una atmósfera pausada que cuestiona los límites de la conciencia y su imbricación en el mundo: “No a fluir hasta desbordar/ cada esquina del mapa”.
Conforme vamos incinerando la mirada en cada página, lo indomable se hace presente a través de la figura animal. Instinto e intuición se trenzan para dialogar tanto con el pensamiento como con el mundo sensible. Se hace presente ese deseo de balbucir lo que aún está por ser dicho: “Hay una luz vencida/ un extraño pasajero en mi garganta”.
Lo concéntrico y el movimiento alterno de expansión-contracción abren un pasadizo de búsqueda y reencuentro: “Salir afuera/ sólo para estar de vuelta”, “Proseguir/ a campo traviesa/ para volver al comienzo”. En ocasiones, ese movimiento se transforma en quietud y en urgencia de madurar el fruto recolectado hasta transmutarlo en signos: “Escribir no es desear hacia delante/ no es volver donde el origen/ no es contraerse ni expandir/ escribir es hurgar aquí/ donde el blanco/ en esta sucesión de grietas/ sensibles al frío.”
La intención del desprendimiento de sí para acceder a otras coordenadas también puede observarse: “Bailar hasta que el cuerpo/ se vuelva comisura”, “Siempre avanzo/ hasta desposeerme hasta/ desdibujarme”; por ello, la presencia de la grieta como resquicio también es palpable en algunos poemas.
El concepto, la insinuación, la imagen recreada, la dimensión simbólica y el carácter reflexivo del propio acto de creación son algunos de los recursos que se imprimen de forma conjunta y armónica. Lumbres se vuelve sobre sí y hace de su espejo: “Escribir un poema/ siempre estar escribiendo un poema/ dentro del poema/ hasta que este desaparezca/ y no exista nada/ salvo este obsesivo huirse/ hacia los otros”.  Un aliento que aspira a la comunión con aquello que no somos pero que sentimos como propio.
En su dimensión total, esta nueva exploración de Gema Palacios se corresponde con visiones detalladas y hondas, delicadas y sugerentes: “Ahora se deshacen los ojos/ almendras de hielo”. En sus páginas late una reinterpretación de la luz como agente epistemológico del yo y su hábitat, una conciencia penetrante y lúcida, una propuesta sedimentada bajo el rigor de un lenguaje depurado que borda los confines del sujeto como intersticio entre el universo y la palabra.
Adentrarnos en estos hilos ígneos es saborear la revelación que asoma en cada pausa, “despacio con la fe del caracol/ que vive y es casa de sí mismo”.

  
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martes, 25 de junio de 2019

"Misión secreta" de Blanca Morel: un paisaje destilado


En Misión secreta Blanca Morel nos entrega veinticinco relatos, veinticinco dígitos que nos invitan a pulsar múltiples secuencias hasta dar con el fruto encendido. En ese juego combinatorio accedemos a un universo regido por leyes físicas y espirituales aún no escritas y que se trenzan para ofrecernos el conjuro de la cotidianeidad y la inesperada gesta del milagro. En definitiva, una búsqueda de los puntos intersticiales que nos conectan con otros planos de la realidad.
Lo primero que resplandece al acceder a este paisaje destilado es la polivalencia de las voces narrativas. De acuerdo don Carlos Reis, si el autor corresponde a una entidad real y empírica –en este caso, la propia Blanca– el narrador se entiende como un autor textual que, en ocasiones –según Todorov– encarna una imagen fugitiva que no se deja aprehender y que reviste constantemente máscaras. De esta forma, Misión secreta está poblado por múltiples antifaces que sorprenden por sus enfoques, sus perspectivas y sus focalizaciones. Desde la utilización de la primera y segunda persona del singular hasta la confección de la omnipresencia, el registro verbal que palpita en el libro seduce por su amplio repertorio. En esa pluralidad hay algo que une a todas esas voces: la huella de donde proceden. Para Walter Benjamin, “la huella del narrador queda adherida a la narración como en el vaso de arcilla queda la huella de la mano del alfarero”. Morel, mediante su artesanía, logra una huella de equilibrio que mantiene en constante tensión el ritmo respiratorio de la obra.
Los personajes de cada uno de los relatos resaltan por su permeabilidad. Los contornos de su existencia se desdibujan dando paso al desdoblamiento de la conciencia o a la alteridad de realidades paralelas. En todos ellos la espesura psicológica juega un papel determinante para el desenvolvimiento de sus destinos. Por ejemplo: “Yo cada vez más confuso por el personaje secundario de mi cabeza que cuestionaba que estuviera pasando algo más allá de mi imaginación”, “Hay demasiadas analogías, demasiado lenguaje. Dan miedo las palabras”. De igual forma, los protagonistas se debaten entre el mundo cotidiano que los rodea y la búsqueda de la epifanía que les brinde un vínculo con lo sagrado: “El presente existe en plenitud cuando lo hallamos. A veces conseguimos habitar el presente”.
De pronto, en esas combinaciones, descubrimos el nombre de algunos personajes: Vida, Davi, Gabriel, entre otros… Conforme avanzamos en la lectura, un desconcierto y microclima de suspense se van adueñando de las páginas. Como si de un eco premonitorio se tratara, vamos descubriendo que, aunque cada relato se presume independiente, en realidad tejen un paisaje subterráneo que el lector tiene que descubrir por su propia experiencia. Entonces, el título Misión secreta cobra un nuevo sentido: el lector se convierte en un personaje más de la trama y debe intentar descifrar las conexiones subyacentes en ese cosmos fragmentado. Los personajes crean pasadizos, hacen un ejercicio de espeleología para colarse en diversos relatos y convertir el libro en una retícula de analogías y correspondencias. No nos extrañe, pues, ver que algunos protagonistas son presencias intermitentes que van apareciendo y reapareciendo a lo largo de esos veinticinco dígitos existenciales.
Las escenas y las tramas que operan en Misión secreta seducen por su flotabilidad. Todas ellas conforman un paisaje en suspensión creando atmósferas del entredicho. El existencialismo, el esoterismo, los juegos metaliterarios, los niveles suprasensoriales, lo onírico tejen vínculos con el universo borgiano y las fulguraciones de Silvina Ocampo o Clarice Lispector.
Un crucifijo que se anima y desciende, una persona ajena a la cucaracha que le recorre el cuerpo, las líneas de las manos que decrecen, un hombre en un bar que cree haber hallado la correspondencia del universo, una niña que mantiene amistad con un árbol, una plataforma en la que se juega a un juego que no consiste en nada… Todo confabula para internarnos en una revelación conjunta y volvernos partícipes de su misterioso aliento.
Al llegar al punto final de la obra, el lector sentirá crecerle una raíz por dentro, una interrogante más en esta búsqueda de contraseñas. Misión secreta se construye así como una red que ensaya nuevos modos de epistemología, nuevas formas de acceder a un pasadizo que nos conecte con verdades aún por descubrir. En este paisaje destilado Blanca Morel, en boca de uno de sus personajes, nos demuestra que “las palabras no explican la realidad pero pueden conjurarla”.



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Texto leído en la presentación del libro el miércoles 19 de junio de 2019 en Café Ajenjo (Madrid)