miércoles, 1 de marzo de 2017

El mar nos viene de dentro

Pintura de Turner


Si aventuráramos, a la manera de un Gastón Bachelard y su Poética del espacio, un inventario de lugares pero esta vez con los que el hombre sueña conocer desde su infancia, seguramente en ese inventario el mar sería el primero en aparecer como paisaje de evocación. No importa que hayamos nacido en un bosque, en un ambiente desértico, en un pueblo recóndito o en una megalópolis; el mar siempre está ahí, en nuestro imaginario, como si sus olas y su armonía indomable nos fueran dadas en la imaginación justo en el momento preciso de nuestro nacimiento. Tal vez por eso el poeta canario Pedro García Cabrera definía al mar como ese monosílabo hecho de un solo golpe, como el elemento mágico por excelencia.

En ese sentido, sabiendo que el mar vive en nosotros, estamos poblados de una inercia tempestuosa que se bate entre la calma y el desasosiego, entre la quietud y el estallido. Somos fragmentos de agua y arena, poseemos secretos abisales, moluscos de intimidad, y a su vez estamos hechos de evidencias, de un canto que se esparce como el peso de la luz sobre las aguas.

La vida empezó ahí y quizá por eso el mar es vida dentro de nosotros. Nosotros también somos mar: antes de la carne somos agua, blanco sobre rojo, líquido amniótico. Del agua surgen las formas que dibujan al mundo, que nos dibujan.

El mar nos viene de dentro. Somos estatuas de sal viva que el mar comenzó a esculpir desde hace millones de años. “No es agua ni arena/ la orilla del mar”, decía en un verso José Gorostiza. Así también nosotros:

Somos el límite soluble de aquello que va y viene.


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miércoles, 15 de febrero de 2017

Ramón Gómez de la Serna: de la creación como estornudo y de la greguería como kenningar

Retrato de Ramón Gómez de la Serna (1915) por Diego Rivera


Aspersor de matices, surtidor de semillas planetarias, manguera de alquimia, hipnotista de colibríes, Ramón Gómez de la Serna es una fuente de la que brotan el humor y el ingenio en un salto prolífico. El humor es una expresión pura y natural que carece de pretensiones; si las tiene, se limitan a endulzar nuestras debilidades o reavivar nuestro equilibrio. Mecanismo de defensa y defensa de nuestro asombro. Por su parte, el ingenio es el guía del humor, su trampolín, el cincel que lo esculpe y lo dota de entidad, el que lo exprime y lo convierte en una nueva realidad iluminada por la gracia y el instinto. Todo ello engloba, en cierta medida, el quehacer de Gómez de la Serna: miles de pistilos obrando el milagro poético de la flor.

Ramón Gómez de la Serna nos dejó más de 50, 000 greguerías publicadas y se jactaba de señalar que sólo era el 4% del total de las que había escrito; con este dato parece que más que escribirlas las estornudaba, era la poesía en contaste ebullición. A este punto volveremos más adelante.

A Gómez de la Serna se le atribuye la invención, o mejor dicho, el cautiverio de la palabra “greguería”. En un artículo del suplemento Babelia (El País) fechado el 12 de abril del 2014, Andrés Trapiello menciona que la palabra “greguería” ya había aparecido con anterioridad en Galdós y en Azorín y que figuraba incluso en el diccionario ilustrado de Calleja (1914) con la definición de “algarabía (vocifería confusa)”. Trapiello nos dice que no fue sino hasta 1970 que el DRAE añadió una definición más amplia: “Agudeza, imagen en prosa que presenta una visión personal y sorprendente de algún aspecto de la realidad y que ha sido lanzada y así denominada caprichosamente hacia 1912 por el escritor Ramón Gómez de la Serna”. 

A este efecto, Trapiello subraya, no sin razón, que greguerías han existido desde siempre, y cita como ejemplos a  Heráclito, Cervantes, Góngora y Lichtenberg. El mismo Gómez de la Serna en su intento por definir la greguería, citaba como antecedentes a Horacio, Shakespeare y Quevedo, entre otros. Pero si en su contenido la greguería resulta casi universal, en su plasticidad y enunciación también se emparenta con varios géneros, tanto así que José de la Colina incluso afirma que colinda con todos: el aforismo, el haiku, el poema en prosa, el ensayo, el cuento, el chiste, el juego de palaras, etc.

A toda la lista de estos posibles antecedentes, yo añadiría uno más que me parece relevante y revelador, me refiero al increíble y curioso parecido que las greguerías guardan con unas metáforas habituales y muy singulares de los pueblos del norte de Europa en la Edad Media: las kenningars.

En su libro Historia de la eternidad, Borges nos introduce al mágico universo de las kenningars islandesas y nos brinda diversos ejemplos. Estas expresiones lograron tal peso que casi en sí mismas formaron un lenguaje dentro del lenguaje, o lo que es lo mismo, lograron deletrear el mundo cotidiano de forma poética.

Cuando supe por primera vez de estas metáforas nórdicas, casi de inmediato sentí su gran parentesco con las greguerías de Gómez de la Serna, sobre todo con aquellas a las que yo llamaría (disculpen mi osadía) greguerías definitorias, es decir, aquellas que se centran en definir una cosa o aspecto de la realidad.

A continuación, cito 5 kenningars y 5 greguerías de Gómez de la Serna para evidenciar su increíble parecido:


Kenningars

Barba: bosque de la quijada.
Sangre: rocío del muerto.
Ballena: cerdo del oleaje.
Cerveza: marea de la copa.
Brazo: pierna del omóplato.


Greguerías de Gómez de la Serna

Soda: agua con hipo.
Búho: gato emplumado.
Paloma con alas ardiendo: guerra.
Recuerdo: arañita que baja del techo.
Cancán: nube de enaguas y reclamo de medias.


Vemos pues que prácticamente podrían mimetizarse entre sí porque parecen haber sido escritas por la misma persona, pero en realidad el parecido esconde algo más fascinante: a pesar de la lejanía y del tiempo que las separan, parecen haber sido escritas por la misma inspiración. Me pregunto si Gómez de la Serna conocía estas metáforas nórdicas y, de ser así, el por qué no las mencionó dentro de su corpus de antecedentes. Todo apunta a que es muy probable que las conociera, ya que era amigo de Borges y ambos coincidieron en Buenos Aires en los años de exilio de nuestro poeta. La primera edición de Historia de la eternidad data de 1936, con lo cual no es muy arriesgado pensar que Ramón bien pudo haber tenido acceso al libro y de paso a las kenningars. A pesar de las dudas, lo asombroso sigue siendo este puente entre la cultura vikinga-islandesa y nuestro Ramón.

La magia y la compulsión inaudita que rodean a las greguerías de Gómez de la Serna colindan con el acto de estornudar. El proceso se inicia con una imperiosa necesidad de abrir la boca, a la que le siguen: un cerrar los ojos, un imaginar, un buscar, un  llegar al límite,  un contraer la imaginación, un dar con el hallazgo, un cerrar la boca, un ¡achú!, un transformar la onomatopeya en conjuro poético, un expulsar los gérmenes del sueño y, finalmente,  terminar por esparcirlos en la intemperie con la intención de contagiar al lector de ese pequeño abismo iluminado.

Gómez de la Serna: un vikingo estornudando magia y haciéndole cosquillas a la realidad.  


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miércoles, 8 de febrero de 2017

El dormilón despierto


(Imagen caricaturizada del estereotipo del mexicano perezoso)


Durante los años sesentas, el pensador francés Edgar Morin desarrolló el concepto de Imaginario Colectivo para referirse al conjunto de mitos, símbolos, formas, tipos y figuras que existen en una sociedad en un momento dado. Este concepto se vio impulsado tanto por los medios de información como por la cultura de masas, dando por resultado una incesante circulación  de dichos aspectos sociales. En mi opinión, dentro del Imaginario Colectivo cabrían también diversos estereotipos nacionales que han roto sus fronteras para posicionarse como ícono aglutinador de un país en concreto, una forma muy próxima a lo que podría llamarse mito urbano. Estos estereotipos suelen emparentarse más con la desvirtuación de las formas  que con la realidad  de donde proceden.  A veces, son generados desde dentro del propio país, y en ocasiones, a causa de la mirada del otro, es decir, del extranjero. Sea cual sea el origen de estos íconos, lo curioso es ver cómo llegan a convertirse en una suerte de estandarte que muestra una estampa casi inamovible.

Una de las estampas que siempre me ha llamado la atención es aquella que nos retrata a los mexicanos como un hombre dormido, recargado en un cactus y con un sombrero que le cubre el rostro. Este estereotipo se ha posicionado mundialmente de forma burlesca para denotar que el mexicano es un ser perezoso, un dormilón por completo.

He investigado las posibles raíces que originaron este estereotipo y me he encontrado con varios hallazgos, la mayoría de ellos simplemente retratan o denuncian el cliché y otros en cambio se aventuran a indagar sobre su posible origen; de estos últimos, la historia que tiene mayor convicción y peso es la de una anécdota que recae sobre una de las obras del escultor colombiano Rómulo Rozo.

Rómulo Rozo fue un escultor colombiano que vivió gran parte de su vida en México, concretamente en Yucatán. Siempre mantuvo una debilidad por la artesanía mexicana y una profunda admiración por la sabiduría y el pensamiento indígenas. Estos rasgos lo llevarían a crear una de sus obras cumbre: El pensamiento. Se trata de una escultura en piedra de unos 60 cm de alto que encarna a un indígena sentado con las rodillas recogidas y  la cabeza, cubierta por un sombrero, apoyada en ellas. Su idea era reflejar el carácter reflexivo de la cultura indoamericana, pero una anécdota lo cambiaría todo. Se cuenta que dicha escultura fue expuesta por vez primera en la Biblioteca Nacional de México en 1932. En dicha exposición alguien puso al pie de la escultura una botella de tequila. La suerte quiso que en el reportaje gráfico de aquella exhibición apareciera la imagen de la escultura junto a la botella.  A partir de ahí, la imagen fue banalizada, caricaturizada y se dice que fue el detonante del estereotipo del mexicano flojo, perezoso y dormilón. Otras fuentes omiten la anécdota de la botella y simplemente se orillan a pensar que con la simple escultura bastó para engendrar el estereotipo.

Sin embargo, me gustaría aquí ofrecer mi punto de vista de lo que pudo haber sucedido para que ese estereotipo se originara, o en su defecto, se reforzara. Lo que voy a contar tiene que ver con un viaje al desierto de San Luis Potosí que realicé hace ya casi 20 años. Después de haber acampado una semana en pleno desierto y de haber conocido de cerca la cultura del peyote y de la etnia huichol, nos dirigimos en caravana hacia el pueblo fantasma Real de Catorce. Durante el trayecto asistimos a una de las imágenes más espectrales y potentes que recuerdo. En pleno desierto, vimos formarse pequeños y delgados torbellinos de arena que semejaban ánimas, el fenómeno según nos dijeron era conocido como “piernas de polvo”. En el paisaje se apreciaban cientos de cactus y de pronto aparecieron ellos. Decenas de huicholes se encontraban recargados en dichos cactus, con las piernas dobladas o recogidas y con un sombrero sobre la cabeza para protegerse del sol y del calor excesivo. Entonces el antropólogo que nos acompañaba nos dijo: están relajados, depurándose, como en estado de trance, vienen de comer peyote y ahora están meditando o asistiendo a sus revelaciones.    

Inmediatamente me surgieron esas dos imágenes contrapuestas: la del indígena y su cultura alucinógena y medicinal, y la del estereotipo del mexicano perezoso. Pensé entonces que quizá muchos extranjeros que vieran esa estampa (e incluso muchos mexicanos de otras regiones) y que desconocieran su fondo, pensarían que esas personas se encontraban descansando o echando una siesta. Todo lo contrario, esos hombres no estaban dormidos, estaban despiertos, meditando. Por ello, pienso en ese estereotipo mexicano no como un perezoso sino como un “dormilón despierto”, una conciencia mestiza que desde sus orígenes aún guarda ese carácter reflexivo y trascendental que Rómulo Rozo quiso expresar en su escultura.

Considero que dicho estereotipo no solo parte de aquella escultura sino también del desconocimiento de la realidad indígena y su mala interpretación. Es curioso que hasta la fecha a los mexicanos se nos represente con esa desafortunada caricaturización indígena; sin embargo, el trasfondo de esa imagen habla de una de las herencias vivas que nos componen.

En el revelador libro del historiador Enrique Flores Cano titulado “Mitos mexicanos”, aparecen diversos personajes analizados por varios autores. Entre esos personajes se encuentran: el vulcanizador, el “pueta”, el licenciado, la diva, la secretaria, entre otros tantos. Yo añadiría a esa lista: el dormilón, desmitificando por supuesto el estereotipo para posicionarlo en una realidad que se ajuste más a las coordenadas de su procedencia.

De momento encojamos las rodillas, apoyemos la cabeza en ellas y cerremos los ojos. Dormir despiertos nos hace ver realidades de conciencia indescifrable.  



El Pensamiento (1930), escultura de Rómulo Rozo


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miércoles, 1 de febrero de 2017

Se acabaron las palabras

De noche en la oficina (1940) de Edward Hopper

Hace unos años, el poeta canario Juan Carlos de Sancho me compartió una anécdota que le sucedió en México a raíz de la presentación de su magnífico y entrañable libro Poetas de Islas Canarias, del cual él mismo se ocupó de la selección y el prólogo. Dicha anécdota tuvo lugar cuando se leyó el poema “Viviendo” de  Domingo Rivero, considerado el precursor del movimiento modernista en las Islas Canarias y que justo es el que abre el libro. Los 4 primeros versos del poema dicen:

Mi oficina da al mar. Desde la silla
donde hace treinta años que trabajo,
las olas siento en la cercana orilla
de las ventanas resonar debajo.

Al terminar la lectura del poema, uno de los asistentes comentó la extrañeza y a su vez la valentía que le provocaba escuchar en un poema modernista la palabra “oficina”, ya que, en el contexto en el que fue escrita, la sensibilidad estética respondía a otro tipo de imaginarios. Incluso el asistente comentó que en México es impensable encontrar un poema modernista en donde pueda hallarse ese tipo de palabras.

La anécdota, que al parecer es sencilla y sin trascendencia, se me quedó dentro y me hizo reflexionar sobre la libertad que en nuestros días gozan los poetas para poder abrazar el lenguaje sin ningún tipo de manifiesto, restricción o estética dirigida. Al parecer, o esa es la sensación que me llega, las palabras se han acabado debido a que se han vuelto todas posibles para la poesía. Quizá sea ese el destino del lenguaje en relación con la escritura: cristalizarse en su máximo punto de llegada para mimetizarse en un nuevo punto de partida, absorberse en su propio fuego para resurgir de sus cenizas. La transgresión que en su momento suponía utilizar esta o aquella palabra, se ha vuelto un hecho habitual y ahora el peso de esa transgresión radica en el propio imaginario y en la relación mistérica que el poeta establezca de forma singular con su propio quehacer poético.

Este hecho es un arma de doble filo, ya que cada poeta, al tener total libertad de elegir las palabras  para la elaboración de un poema, también tiene la responsabilidad de convertir esas palabras en poesía; es decir, hacer que en sí mismas o en su conjunto nos parezcan recién nacidas, nos invoquen y nos golpeen con ese soplo alquímico que nos hipnotiza en la lectura.

Hace más de 2030 años el poeta latino Horacio proponía crear giros poéticos nuevos a partir de términos conocidos, incluso llegó a escribir: “Lograrás un verso excepcional si una palabra usada se convierte en una nueva por una ingeniosa combinación”. Hoy, que todas las palabras están por demás usadas y desgastadas, esa excepcionalidad se vuelve imprescindible a la hora de componer una imagen, un verso, un sonido, una experimentación del lenguaje.

Se acabaron las palabras… y sólo nos queda devolverles el asombro con que en su momento fueron por primera vez pronunciadas.

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miércoles, 25 de enero de 2017

Lord Byron: el nadador enigmático

Lord Byron de  Thomas Phillips(1813)


Además de ser un poeta excéntrico, enigmático y atractivo (cuentan que algunas mujeres se desmayaban con tan solo verlo) Lord Byron padecía de una incipiente cojera innata de su pie derecho, debido a una contracción del talón de Aquiles, que lo acompañaría a lo largo de su vida. Tal vez por eso se aficionó a toda clase de deportes con especial interés por la natación, actividad a la que le consagró gran parte de su tiempo.

Lord Byron nació el 22 de enero de 1788. Fue hijo de un excapitán de las Guardias Reales, John Byron -apodado “Mad Jack” por sus constantes deudas económicas- y de Catalina Gordon, una extraña mujer  con carácter violento. A los 10 años de edad, Byron heredó la dignidad de “lord”, hecho que con el tiempo lo llevaría a formar parte de la Cámara de los Lores tomando partido por los liberales (wighs) en detrimento a los conservadores (tories).

En 1805 Byron comenzaría a acentuar su carácter excéntrico en el Trinity College de Cambridge donde conoce a su mejor amigo, John C. Hobhouse. Hay una anécdota extravagante en la que Byron una vez se hizo acompañar por una muchacha vestida de paje y por un oso. El tema de lo animal lo acompañaría también durante toda su vida; de hecho, en una selección del epistolario de Lord Byron hecha por Jaime Gil de Biedma bajo el título “Débil es la carne”, se cuenta que el poeta inglés solía ir acompañado de un séquito de animales que incluía incluso avestruces. Suele resultar muy fácil entonces imaginarse a Lord Byron como un imán fáunico, un pastor de tinta acarreando diversas especies tras las huellas de su estela.

Lord Byron parecía estar sujeto a una suerte de carácter ciclotímico, por momentos lo depresivo y lo melancólico gobernaron su vida, y por otros lo exuberante y lo anárquico. En un libro titulado “Marcados con fuego: Enfermedad Maniaco-depresiva y temperamento artístico” de la autora Kay Refield y publicado por el Fondo de Cultura Económica, se pone de manifiesto, entre otros casos, el árbol genealógico de Lord Byron en el que se aprecia un fuerte antecedente genético de maniaco- depresión, hecho que muy probablemente afectaría al temperamento del poeta romántico.

Pero si lo animal, lo excéntrico, lo deportivo y lo psiquiátrico lo acompañaron durante su estancia en el mundo, algo más lo marcaría con su estela: lo acuático. Por ello me refiero en este texto a Byron como “el nadador enigmático”.

Al principio de este texto hicimos hincapié en la atracción que Byron sentía por la natación, quizá al nadar se sentía liberado de su cojera innata y pudo haber sido una forma de terapia deportiva. Se cuenta incluso que Byron fue uno de los primeros hombres en cruzar a nado parte del Helesponto. En un artículo del periódico El País del 26 de agosto de 1983, el periodista Juan José Fernández menciona que Byron fue el primer gran nadador de los tiempos modernos, llegando incluso a alcanzar más de 4 horas de nado sin parar solo para ganar una apuesta. La importancia del agua no sólo se remitió al deporte sino también a los viajes, ya que junto con su amigo Hobhouse emprendió una serie de periplos y rutas que lo llevarían por Lisboa, Sevilla, Cádiz, Gibraltar, Malta, Grecia, Albania y Turquía. Como dato curioso, durante su estancia en el sur de España, Byron aprendió castellano con acento andaluz, si le faltaba algo más exótico en su vida seguramente con esto rebasó cualquier previsión posible.
Vemos entonces que la presencia del agua rodeó gran parte de su vida, aunque más adelante retomaremos este punto.

Si lo acuático estuvo presente en la carne también lo estuvo en su obra.  Aunque había comenzado su andadura con la publicación del poemario Horas de Ocio (1807), no fue sino hasta la aparición de Las peregrinaciones de Childe Harold (1812) que obtuvo un despunte flagrante, tanto que en 4 semanas alcanzó las 7 ediciones. En este libro se aprecia una fuerte predilección por los relatos de viajes y por la configuración de un personaje caballeresco, pervertido, entregado a las orgías y que muchos lo interpretaron como un reflejo autobiográfico de su autor, quien siempre desmintió tal semejanza.

En libros posteriores como La novia de Abydos, Lara, Beppo y Mazeppa, se aprecian igualmente rasgos que directa o indirectamente señalan lo acuático, desde la devoción por el tema de los piratas y los raptos, hasta los periplos, los largos viajes y el exilio. El mar como estela geográfica de las peripecias de sus personajes, una suerte de nado continuo que revela el ansia romántica y biográfica que Byron sentía por lo fluvial, ya fuera calma o galerna, tempestad o claridad, pasión controlada o pasión desmedida. No podemos dejar de mencionar otros temas que ocupan gran parte de la obra de Byron como las leyendas turcas, la libertad de los oprimidos, el amor, el hedonismo, la atracción por Oriente y, por supuesto, el tema de la seducción, la ironía y la sátira que se encarnan en una de sus obras cumbre: el Don Juan.

Retomando el elemento del agua en la vida de Byron, hay otra anécdota más que involucra a otro poeta: Shelley. Uno de los temas fundamentales del Romanticismo es la Revolución y la Independencia de los países, por ello Byron sentía una profunda admiración por Bolívar, tanto así que construyó una goleta bautizándola con el nombre del libertador. Junto a él, Shelley se hace con otra pequeña barcaza poniéndole el nombre de Don Juan. En verano de 1822, debido a una tormenta, Shelley naufraga y muere ahogado situándolo en una de las leyendas más misteriosas en los obituarios de la poesía romántica.

La vida de Byron no correría mejor suerte. Entusiasmado por la liberación de Grecia del poder turco, se enrola en la batalla pero muere el 19 de abril de 1824 a causa de fiebre reumática. El sudor de esa fiebre sería el agua que acabaría dilatándolo de su existencia a los 36 años de edad.

Byron fue ante todo un espíritu feroz y selvático, un alma melancólica que incluso inspiró a su médico, el Dr. Polidori, a escribir el primer relato de vampiros como consecuencia de aquella famosa reunión en la mansión de Villa Diodati donde Mary Shelley también daría vida a Frankestein.

A más de 200 años de su nacimiento, su obra y su vida siguen latiendo por su oleaje pasional y enigmático. Byron sigue cruzando a nado las olas del tiempo dejándonos ver en cada brazada su rostro inhalando el aire de la trascendencia.


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