miércoles, 4 de enero de 2017

Hans Bellmer y la sensación de vida


Hace unos cuantos años, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, me encontré con una obra de Hans Bellmer que me produjo un impacto inmediato que se prolongaría por mucho tiempo, incluso hasta la fecha. Se trataba de una fotografía en la que aparecía la cara casi a medio perfil de una mujer, probablemente una niña o una adolescente. La mujer aparecía con el cabello semi suelto y con una máscara de yeso que le cubría el rostro entero salvo la mirada, esos ojos que entraron en mí como dos agujas, dos filos de oscura estrella. ¿Una malformación, una deformación facial, una mujer herida y damnificada por la guerra? Las preguntas y las posibles causas de aquella imagen comenzaron a asolarme sin descanso.  Con el paso del tiempo, la imagen se aparecía recurrentemente en mi interior como un signo fluorescente, una conflagración de raíces eléctricas, un espanto de esfera en blanco y negro, una semilla de frutos mortecinos.

La imagen me relampagueaba por dentro y la curiosidad me empujaba a investigar sobre ella, pero de igual modo algo me detenía a indagar en su historia. Es algo común en mí. Cuando algo me intriga lo dejo expandirse unos años y luego, el día menos pensado, me lanzo a auscultar sus imanes. Y ese día llegó. Investigué sobre la obra y un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando descubrí que la fotografía de aquella mujer no era sino la fotografía de una muñeca que el propio artista había construido en 1934 como parte de un proceso surrealista que involucraba temas como el sadomasoquismo, el fetichismo, el inconsciente y el erotismo. Se trataba, en fin, de la famosa “Poupée” de Hans Bellmer.

Lo que yo en un principio había creído como un ser vivo, terminó siendo una escultura móvil, un cuerpo protésico. Poco me importó aquella mínima desilusión. En mí seguía latiendo aquel primer contacto en el que la vida se metió a vivir en esa obra de arte. Desde aquella experiencia me surgieron dos reflexiones sobre lo poético.

La primera es que un poema, sea cual sea su etilo, forma o contenido, debe tener a mi juicio una “sensación de vida”, es decir, una atracción que nos haga hervir y evaporarnos, una “muñeca” que nos brinde sus prótesis como miembros vivos, una vida asomándose entre las palabras y haciéndolas respirar.

La segunda, que los significados se mimetizan, se transmutan y que no importa que lo que reciba el lector no se parezca en nada a lo que el autor quiso plasmar. Que en el erotismo o el fetichismo podamos hallar dolor y melancolía. 

Desde ahí intento leer y escribir como si conversara con un autómata de tinta y lenguaje. Desde ahí la poesía se me manifiesta, entre otros muchos de sus disfraces, como una muñeca de más de 80 años que me habla y me confiesa con tímido acento: “-estoy viva”.



La Poupée de Hans Bellmer (detalle)

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